
Se considera época de oro para el cine mexicano la producción filmográfica entre 1936 a 1957, películas en blanco y negro rodadas en pequeños pueblos o más bien rancherías con temáticas amorosas; generalmente. Elogiadas por su calidad y cantidad.
Es fácil disfrutar del séptimo arte cuando se es espectador de alguna de estas obras, me parece que el éxito que lograron conseguir más allá de las fronteras del país radica en eso, en que son filmes que se disfrutan, en su capacidad de atrapar al público en otra realidad durante casi dos horas.
Una lista de ingredientes bien dosificados como lo son las actuaciones entregadas, diálogos bien estructurados pero con apariencia de espontaneidad e historias creíbles que no dejan de ilusionar con la magia de los finales felices.
La producción que nunca se mostró pretensiosa logrando así un mayor efecto en el público. La fotografía que sólo necesitaba a la mente que pudiera ver lo especial en lo cotidiano porque México era todo un escenario listo para usarse. Y por último pero lo más importante, la razón de todos estos fenómenos: el creador de la obra.La conjunción de estos factores así como otros externos dieron como resultado el poder captar en 35 mm toda una cultura, la mexicana; mestiza, romántica, campesina, pobre, fiestera.
Nosotros, jóvenes generaciones ya sólo nos queda reconocer esa parte de nuestra historia como país sumamente rica, sumergirnos en ese pasado nuestro para poder mirar hacia el futuro y seguir creando.